24 de Septiembre del 2002

 
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Pues a las 6.30 nos ha tocado el despertador, pero hemos tardado un cuartillo de hora en levantarnos. Las motxilas ya estaban hechas, así que ha sido vestirnos y subir a desayunar. Eso sí, aquí la prisa mata. Han tardado mogollón en traernos una tortilla, un café y unas tostadas. Como parece ser que Ana ha tenido una leve recaída nocturna, sólo ha desayunado agua con limón, así que la hemos encomendado la tarea de bajar a pagar mientras engullíamos el desayuno a toda leche. Javi ha acabado un poquito antes que yo y ha bajado las motxilas, y cuando he bajado yo tres minutos después, ya estaba todo en el rickshaw, con el motor en marcha.

Mientras desayunábamos, hemos visto también dos puretas guiris, de unos 60 años, desayunando y contemplando las vistas. Y es que en este hotel hemos visto que hay otras habitaciones con pinta más lujosa y, por supuesto, más caras que las 300 rupias que nos ha costado la nuestra.

Bueno, pues hemos llegado a las 7.50 a.m. a la parada de bus, lo que nos ha dado un margen de diez minutos para acomodar las motxilas, comprar agua y aposentarnos. El autobús iba bastante vacío y... ¡¡Horror!!! Era exactamente igual que nuestro último engendro mecánico. Y no es coña, la compañía se llama K.K. travels. De todas formas, no es lo mismo viajar de día que viajar de noche, y además el estado de la carretera en general era bastante mejor que el de la noche fatídica.

Al subirnos descubrimos que nuestros compañeros de viaje eran dos guiris de aspecto británico y gay que habían ocupado dos de nuestros asientos con sus motxilas. Al principio, no les hemos hecho quitarlas, pero cuando ha empezado a subir gente al bus, Javi y Ana han tenido que cambiarse continuamente de sitio; así que los guiris han tenido la delicadeza de bajar sus motxilas debajo con el resto.

 

Este bus ha pasado por mil pueblitos, y estaba continuamente recogiendo gente. Hemos hecho una parada hacia las 11.00 a.m. para comer algo; y Ana ha aprovechado para sacarle a Bitxu una foto con vaca al fondo.

Ellos han osado comer un dulce hindú, e incluso Javi ha tomado un té; pero yo he optado por las galletitas de chocolate del tipo continental.

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Tras la parada, hemos ido a 20 km/h por una sinuosa carretera poblada de monos, a los que el chófer ha cebado con pan de bimbo.

 

Ahora el paisaje ha cambiado totalmente: se ven colinas y vegetación. Además, se ven al pie de carretera mogollón de canteras y talleres dedicados al mármol y al granito.

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Durante media hora se me ha sentado un tipo pesado al lado que ha empezado por escupir por encima mío, ya que era yo quien estaba del lado de la ventana. Cuando lo ha intentado hacer la segunda vez, le he cambiado de sitio. Estaba todo el rato mirándome y ha empezado a interrogarme sobre el estado civil mío y de Ana, y sobre nuestra relación con Javi. Le hemos dicho que nosotras éramos hermanas, que las dos estábamos casadas (no con javi, por supuesto), y que nuestros maridos estaban trabajando en nuestro país. Y para cortar la conversación le he dicho que yo non speaking english porque era spanish.

Bueno, pues el tío se ha bajado en la siguiente parada y he podido ocupar mi sitio inicial.

Y así, poco a poco, hemos llegado a Udaipur a eso de las 2.30. En el último tramo, el bus ha vuelto a llenarse, y delante nuestro había un niño orondo y repelente, que canturreaba haciendo el pavo y que no paraba de mirarnos furtivamente. Acostumbrad@s a las miradas directas, las furtivas no nos gustan nada.

Creemos que nos hemos bajado una parada antes de las que nos correspondía, pero el rickshaw que nos ha llevado al hotel sólo nos ha cobrado 25 rupias por llevarnos al sitio escogido: el Lal Ghat Guesthouse; aunque inicialmente nos pedía 40 rupias.

 

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Hemos de decir además, que no le hemos pagado al tío del bus el transporte de las motxilas, porque han llegado completamente llenas de mierda (o más bien grasa).

El hotel, eso sí, era una pasada. Nos han enseñado una habita triple grandecita, pero no tenía mucho encanto. Así que le hemos dicho que nos enseñara otra, y nos ha llevado a una con vistas a los ghats del lago, de piedra, que parece una estancia de las mil y una noches. Estas eran las vistas de las que disfrutábamos al levantarnos:

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Hay una habitación principal, con una cama grande y una mosquitera, que ocupamos Ana y yo; y una estancia más pequeñita, con ventanucos, que es la que ha ocupado Javi.

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Una vez dejados nuestros bártulos y cumplimentado los impresos, nos hemos ido a comer al restaurante de al lado, donde yo me he comido una pizza deliciosa, un rico batido de café, y de postre un helado de chocolate. Javi ha optado por setas con guisantes, y Ana por unos plain spaguettis, además de una sopa de verduras para ellos dos. La de Ana debía de saber peor, pero la de Javi levantó los ánimos de Ana hasta límites insospechados.

 
 

Hecho esto, volvimos a la habita a descansar un rato y a ducharnos; y descubrimos que nuestra ducha no es una ducha: es un hidromasaje. Es con diferencia la ducha más fantástica y con mayor presión de las usadas hasta ahora.

Una vez resucitados, comenzamos con nuestro shopping. Justo al lado del hotel hay cuatro tiendas: una de especias, una de pinturas en miniatura, otra de collares y otra de instrumentos musicales.

Javi empezó por la de especias; donde querían venderle 50 gramos de canela a 50 rupias. Por lo menos, dicha visita sirvió para averiguar el nombre en inglés del Azafrán y la Canela. La canela se llama “Cinnamon” y el Azafrán es “Safron”.

Respecto a Ana, entró en la tienda de collares. La mujer tenía unos collares bonitos, pero todos eran demasiado caros. Como aun regateando a la mitad seguía siendo demasiado, salió fuera mientras la tía le decía que llevaba un mes sin clientes, y que tenía que pagar el teléfono.

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La tienda de instrumentos musicales estaba cerrada, así que entramos lose tres a la de miniaturas. El tío tenía miniaturas pintadas en papel, en seda, en mármol, en algodón... cuanto más pequeñas y elaboradas, por supuesto, más caras eran. La media que nos gastamos fue de 175-200 rupias por cada una. Nos enseñó unas muy guapas del Kama-sutra, pero esas subían ya a las 1000 rupias, y a tanta pasta no llegamos. El tío quedó en enseñarnos al día siguiente unas miniaturas del Kama-sutra más baratas, y cuando salimos de su local, la tía de la tienda de collares volvió a acosar a Ana. Esta calle se ha convertido finalmente en la calle del acoso: cada vez que pasamos, todos se lanzan al ataque.

Seguimos andando, y entramos en multitud de tiendas: de plata, de textiles, de zapatos, de bolsitos, de lámparas... Contaré algunas, aunque este día y el siguiente se me mezclan con tanta compra...

Entramos a una Tienda de plata, donde Javi se pilló un anillo que le estrecharon delante nuestro. El tío lo calentó y lo metió en un cono para colocarle un tamaño adecuado. Luego lo limpió, y Javi decía que vaya putada, porque le gustaba más sucio. Entretanto, a Ana le querían vender un anillo por unas 225 rupias; y como no lo quería, dijo que 100 rupias. Nada, que no se puede hacer eso, porque cuando ya nos íbamos, nos dijeron que O.K, que 100 rupias.

Vimos además tiendas de colchas, tapices, marionetas, artesanía... Cuando ya estuvimos secos, nos fuimos a tomar una mirinda a un chiringo; y Javi se tomó un dulce hindú (puajj, yo paso). Cuando hubimos repostado, tratamos de volver al punto inicial por otro camino, pero nos perdimos por una red de estrechas callejuelas sin comercios. Eso sí, de camino vimos una mezquita que te cagas.

Retornamos con nuestras pesadas bolsas al hotel; y cuando ya bajábamos nuestra calle, hubo un corte de luz. Javi sacó su linterna saca-apuros, y le ayudamos al tío de una tienda iluminándole para que pudiera ponerle pilas a la suya. En el hotel, compramos en el almacén unas velas, pero cinco minutos después ya había vuelto la corriente.

Intentamos hacer las reservas de tren en el hotel, pero allí sólo hacen reservas de autobús; y el tío del turno de noche, que es un soseras, nos mandó a la estación de tren. Bueno, pues con la tarea programada para el día siguiente, nos fuimos a cenar.

Hemos descubierto dos chiringos en los que ponen todos los días a las 7.30 de la tarde Octopussy, la peli de James Bond. Y es que esa película se rodó aquí. Pues nuestro restaurante es uno de ellos. Otro punto del restaurante fue que cuando al mediodía Javi pidió cerveza, le dijeron que era demasiado pronto; y cuando la pidió a la cena, que era demasiado tarde. Vamos, que sólo puede beberse cerveza de 7 a 8 de la tarde.

Ana se pidió dos sopas y una tortilla; y casi se pide una tercera (desde luego que el camarero se la ofreció). Javi se tomó patatas fritas y huevo duro, y yo huevo duro y batido de chocolate, que por cierto estaba bastante peor que el de café.

En el restaurante, nos llamó la atención gente variada. Había un chico o chica, no lo teníamos muy claro, que fuere lo que fuere era guapísimo/a. Al final, al oír su voz dedujimos que era guapísima. También había un tío con un puro y una gorra, que éstos denominaron Bruce Willis; y que decían continuamente que les daba mal rollo (a mí no porque le estaba dando la espalda). Aunque dimos por supuesto que sería anglosajón (americano a más señas), resultó que era italiano y que chapurreaba español. Por fortuna, éstos hicieron sus críticas en voz baja, así que suponemos que no les había oído.

Una vez cenaditos y preparados, volvimos al hotel. Éstos se fueron a sobar, y yo me metí en Internet, donde aguanté hasta las 12.00. Cuando ya se me pegaron ambos párpados, yo también me fui a dormir, y doy fe de que fue un placentero sueño.

 

 

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