Picton, Malborough Sounds y Abel Tasman

    Bueno, llegadas a la isla sur, ya era por la noche, así que nos aparcamos en un mirador con vistas al puerto y dormimos allí. En el breve momento en el que nos hicimos la cena, me picaron bichos variados en las manos (qué cabrones, siempre encuentran un sitio los muy capullazos!!!).

    Al día siguiente, tras desayunar y sacamos foto en el muelle de Picton nos encaminamos hacia el oeste, hacia Nelson, Motueka y el parque de Abel Tasman, que tenía una pinta apoteósica. Lo que se ve abajo a la derecha son los Malborough Sounds, que fue el paisaje que veíamos desde nuestro ferry...

 

     Momentos de relax y parada: a la derecha, la playa de Kaiteriteri, de aguas templaditas. Primero a hacer el guiri, y de allí al parque nacional Abel Tasman, a patear como perras... Abajo, ya en Marahau, el último pueblo al que llegaba la carretera antes de meternos en el parque, una paradita en la playa, una copita de vino y una birrita en el garito que allí había (la publicidad decía "The last and only", y era cierto... no había más bares ni restaurantes por allá...) para acumular fuerzas; y primeras clases de conducción pa la Kris, que casi nos mete al trío calavera en una zanja por confundir acelerador y freno (ja, ja... )

   

     Y aquí llega el momento catástrofe del Abel Tasman... Quien recuerde el correo electrónico de nuestra caladura, que omita la txapa posterior. Rememorando momentos: conseguí convencer a krispula para darnos el señor pateo. ¿En qué consistía? Bueno, pues la idea era coger un watertaxi (es la caña de la araña, una lancha que va a toda leche y te deja en medio del parque) hasta un sitio que se llamaba Bark bay. Dicho lugar estaba a unos 20 kilometros de senderismo de la entrada del parque, y en los folletos informativos ponía que se tardaba alrededor de 8 horas en recorrerlo con la marea alta (es que si esta baja, puedes acortar una hora, pero no era el caso). El tema es que al día siguiente madrugamos y allí nos fuimos, felices de la vida. No os hacéis idea de que aguas, las fotos no hacen suficiente justicia. Color turquesa, y con montes pegados a la costa. Y nosotras pateando por el sendero, cruzando un puente a lo indiana jones, viendo helechos gigantes, escuchando bichitos variados... maravilloso, vamos. La idea era ir parando en las calitas pertinentes a descansar, y llevábamos un bocadillo, algo de fruta, agua... vale, pues cuando llevábamos unas dos horas caminando comenzó a chispear. Y nosotras diciendo, bueno, guay, porque si llega a hacer mucho calor nos morimos con esta caminata. Pero es que luego comenzó a caer una lluvia tropical de muerte!!!! y claro, haceros una idea, en medio de un parque nacional, sin ningún sitio para taparse, sin un mísero chubasquero (tampoco nos habría servido de gran cosa, la verdad, dada la tromba que nos chupamos). Pues ná, que a la krispula, que mira que no la gusta caminar, la salía humo del culo de lo que corría la perra.... Y claro, aquí es como en el monte en Bizkaia, oyes... todo el mundo se saluda, y eso, pero la gente te dice "Hi, how are you?" retóricamente, claro. Pues nosotras comenzamos con amigables "Jai, chachos", y al final la krispula arrojaba unos "jai hitler" que te cagas a medida que se iba empapando. A un pobre kiwi despistado que nos dijo un que tal , krispula de contesto "Wet" seguido de un ataque de risa de correcaminos enajenado. Bueno, caminamos una ruta de 8 horas en 6 horas, teníamos las botas de monte encharcadas absolutamente, la mochila llena de agua literalmente, nosotras éramos sopas humanas, parecía que habíamos sido arrojadas al mar. La peña se descojonaba viva al mirarnos, no os hacéis idea... y claro, cuando al fin llegamos donde Lola, resulto que esta tenia una gotera (pequeña, gracias a quien sea, bufff), y el parking se había convertido en una piscina. Arrojamos nuestra calada ropa al suelo debajo de ella y nos metimos a secarnos. Pero claro, es que no hablamos de una simple mojadura, era un empapamiento absoluto!!!! bua!!!! que sobrada!!! Luego meteríamos nuestra ropa calada en la nevera a criar hongos a la espera de una lavandería...

   

 

     La parte buena de todo esto es que nunca perdimos el buen humor. Es mas, en realidad estábamos en ataques de risa continuos. A la Kris le hacía especial gracia que cuando parecía que llovía un poco más fuerte, yo me ponía a gritarle al cielo: "Venga, joder, un poquito más, que somos de Bilbao" y, efectivamente, durante un minuto, llovía un poco más fuerte. Si a ello le añadimos nuestros saltos en los charcos y nuestros andares robóticos posteriores, cuando no sentíamos ni abductores, mi muslos, ni ná.. hemos de decir que ante momentos de crisis profunda, no hay nada como reírse. Pudimos comprobarlo en distintas ocasiones... aquí van las fotos de ese paraíso. De veras que en directo es aún más bestial.

La vegetación que se ve son unos helechos gigantes que se llaman "Ponga" y de cuya madera se hacía artesanía. Muchas de las excursiones que hacía la gente eran por mar, en Kayak, aunque nosotras lo hicimos pateando desaforadamente. Va viéndose en la evolución de las fotos como cada vez empieza a llover más. Ya se que todo el mundo dice que por qué no sacamos alguna foto de nuestra caladura, pero la verdad es que estábamos acojonadas con la posibilidad de que se nos hubieran estropeado las cámaras, así que ni se nos ocurrió usarlas...

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Pasada de vuelta por Picton

    Nos despertamos en Kaikoura a una hora prudente y seguimos rumbo al norte: como Lola pedía fuel, nos paramos en Blenheim y ya aprovechamos para limpiar un poco los cadáveres insectiles de nuestro parabrisas, así como el polvo que volvía opacos todos nuestros cristales: Kris los aclaró con una regadera mientras las mujeres de la gasolinera, a quienes les había hecho gracia el color de mi tarjeta de crédito se descojonaban mientras nos miraban. Ya en el pueblo nos comimos un muffin de queso con un capuccino y nos fuimos a Picton.

    Picton fue tremendamente fructífero: la kris depiló sus axilas y bigote mientras yo escribía emilios; luego escribí postales mientras Krispula escribía emilios; tomamos par de cervezas y capucchino, sacamos nuestra tarjeta de embarque (la escultura de arriba estaba en la taquilla), nos pillamos dos hamburguesas y un batido que nos comimos ipso facto (yo al menos) con vistas al puerto, y a las 6 de la tarde estábamos en la cola de embarque.

    Nuestro ferry, al contrario que el primero, era hipermoderno, utilitario y tremendamente rápido: eso sí, apenas tenía cubiertas, y la de fumadores era una invitación a dejarlo, porque soplaba un viento huracanado peor que los pedos de Krispula que te dejaba la piel de la cara estirada sin necesidad de operaciones estéticas. Había unos cuantos mozos de buen ver, eso sí; y a las 9.15 de la noche estábamos en el muelle de Wellington.

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