MataMata (Hobbiton)

     En Matamata lo único que hay para ver es el plató de Hobbiton. Bueno, eso y una cafetería donde nos pusieron ¡¡el capucchino mas grande del mundo!!

    Para llegar a Hobbiton no puedes hacerlo tú sola, no está señalizado: hay que ir a la oficina de turismo y te clavan 50$ por la chorrada. En mi opinión, no merecía demasiado la pena (vista la pasta pagada) pero por otra parte sí que tenía un punto, supongo que más aún para los fanáticos de la trilogía. Como los decorados estuvieron hechos de cartón piedra, dos años después los habían retirado, pero quedaban las formas circulares de las casitas, un gran pino que presidía la fiesta de la comarca; y multitud de paneles explicativos con fotos sobre cómo estaba organizado el plató.

     El otro punto curioso fue que nos encontramos allí con una pareja catalana muy majilla de Santa Coloma, José y Mariángeles. Tenían un acento nada catalán, y nos dijeron que Santa Coloma es una zona obrera donde casi todo el mundo era inmigrante (Vamos, un Sestao más). La causa por la que habían ido a parar a Nueva Zelanda era divertida: llevaban 14 años viviendo juntos, y él quería casarse pero ella no. El hecho es que nunca habían salido al extranjero, pero cuando fueron a ver "El señor de los anillos" ella le dijo a él en tono jocoso: "Vale, si me llevas a ver Nueva Zelanda, me caso contigo". Dicho y hecho, Jose al día siguiente ya tenía mirados los billetes de avión y ella tuvo que casarse, ja, ja.. Bueno, pues cuando acabó la visita a Hobbiton, en donde pasamos un calor considerable y con cierto estado de deshidratación, fuimos a bebernos un par de pintas y sin querer queriendo me agarré una medio mandanga nada recomendable. Mas que nada porque teníamos un cacho kilometril bastante respetable hasta el lago Taupo. Y todo por una pelea sobre quien invitaba, cagüenlaleche.

    Bueno, pues nos paramos en la primera ciudad que vimos en un súper para comprarnos algo de comer, echar un pis y yo, por mi parte, hacer un poquito de tiempo para que se me pasara la medio mandanga. Tras un plátano, un par de cigarros y una media horita, entre pitos y flautas ya estaba mucho mejor; así que nos encaminamos a Taupo.

    Como ya habíamos estado allí, lo único que queríamos era aparcarnos en el mismo lugar de la otra vez, a la vera del lago, para dormir como campeonas. Sólo nos liamos un poquito y cuando estábamos ya en el pueblo en sí. Además, con eso de habernos perdido, descubrimos un takeaway que ponía ricos sandwiches en los que tú escogías los ingredientes; así que nos pillamos el papeo y encontramos nuestro destino sin problema. Tras cenar y escuchar un poco la radio, nos dormimos raudamente, porque no lo he dicho, pero justo ese sábado habían cambiado la hora y a las 6.30 comienza a ser de noche, mientras que a las 7.30 ya era noche cerrada y, sin apenas luz en la furgo, nuestro ritmo solar se vio aún más acrecentado.

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